Antes de hacer planes de viaje, me tomé un momento para reflexionar sobre la realidad mirándome al espejo.
Son casi las 10 de la noche y estoy sentada en la sala, sintiendo una brisa fría que entra por la ventana. El frío me da ganas de escaparme, así que llevo horas buscando un billete de avión. La realidad es que estoy tan agotada después del trabajo que ni siquiera puedo ir al gimnasio, así que solo soy un ángel de la caridad. Pensar en el billete de avión y en la factura del gimnasio sin pagar me da asco, pero cuando me miro a la cara, me doy cuenta de que esos no son el problema. Tengo la piel irritada y enrojecida, ya sea por el calor de la caldera o por el viento cortante. Es un espectáculo. Solía creer que mi piel mejoraría si gastaba un poco de dinero en tratamientos caros. Qué ingenua. Mirando atrás, cómo paso las 23 horas que me quedan es mucho más importante que pasar una hora en el dermatólogo. Solo ahora, después de desarrollar piel sensible, me he dado cuenta de que quedarme en la cama sin desmaquillarme ni ponerme crema hidratante porque tengo la piel seca no es la solución. Así que últimamente he dejado de lado las extravagancias y me centro en lo básico: lavarme bien la cara en cuanto llego del trabajo y luego mojar un disco de algodón en un tónico refrescante para reducir el calor. He notado una clara diferencia en mi piel desde que me esfuerzo, aunque antes lo hacía a medias porque me molestaban. Cuando la barrera cutánea se ve comprometida, por muy cara que sea la ampolla que te pongas, simplemente desaparece. He decidido afrontar la realidad y dedicarle solo 10 minutos más a mi piel cada noche. Viajar es genial, pero mi prioridad ahora mismo es, de alguna manera, hacer que esta cara opaca parezca más humana. En estas noches secas de invierno, todos, asegúrense de encender un humidificador antes de irse a dormir.