Los hábitos de vida son muy importantes para el cuidado de la piel.

En lo que respecta al cuidado de la piel, creo que las pequeñas acciones que se repiten a diario, como lavarse la cara y no tocarla, cambian de forma silenciosa pero segura el estado de la piel.

Por ejemplo, antes no me importaba frotarme la cara con fuerza con una toalla inmediatamente después de lavarla. Me sentía incómoda si quedaba algo de humedad, así que creía que siempre debía secármela bien. Sin embargo, en cierto momento, mi cara empezó a enrojecerse extrañamente solo después de lavarla, y la sensación de tirantez y sequedad se intensificó. Fue entonces cuando me di cuenta de que podría deberse a la fricción diaria a la que sometía mi piel. Así que, en lugar de frotarme con una toalla, empecé a darme palmaditas suaves en la cara con las manos, y noté que la tirantez disminuía considerablemente.

Lo mismo ocurría con la hidratación. Estaba harta de oír que debía beber mucha agua, pero en los días ajetreados, muchas veces ni siquiera tomaba un sorbo hasta la hora del almuerzo. Curiosamente, esos días mi piel se veía más apagada y el maquillaje parecía cuartearse más. Una vez que empecé a tener una botella de agua junto a mi escritorio y a beber aunque fuera un poquito cada vez que tenía un momento libre, en algún momento empecé a oír a la gente decir que mi piel se veía bien.

 

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